[Ciudadano Cultural] María Quiteria Ramirez Reyes: Una Mujer Fantástica (1850-1929)

En memoria de las valientes conquistadoras del desierto: Las Cantineras del ´79.

Por: Joel Avilez Leiva.

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Paso a paso, marchando por dunas y quebradas, soportando un calor asfixiante de día y un frío espantoso de noche. Por cinco años, desde el mar al desierto, de la campiña al Andes, la mujer chilena soportó con estoico valor las vicisitudes de una guerra larga y sangrienta.

Después de todo, el país narrado por Ercilla se había construido en base al choque entre dos mundos; Inés de Suárez, Guacolda, Fresia, Quidora y Janequeo habían dejado un legado recogido luego por Javiera Carrera, María Luisa Recabarren, Paula Jaraquemada y la legendaria sargento Candelaria Pérez, la primera en recibir un grado militar en la nuestro ejército al tomar un fusil y matar a un oficial boliviano que había a su vez herido de muerte a su esposo en la batalla de Yungay (20 de enero de 1839).

Luego de ello, en un espacio de 41 años, el país había pasado a ser un interesante polo de desarrollo comercial con Valparaíso como vanguardia, aunque las clases populares pugnaban por mejorar su participación en la república censitaria, con dos asonadas revolucionarias en la década de ´1850. Nada hacía suponer siquiera que en pocos años tres países se iban a desangrar en los campos de batalla, sobre todo tras el febril americanismo tras la incursión española por las aguas del sur.

Fue a mediados de la década de ´1870 que se produce una profunda crisis financiera internacional que implicó la conversión al patrón oro y, por ende, la baja del precio del cobre y la plata. Esto repercutió enormemente en la minería chilena, sumado a la aguda crisis agrícola ocasionada por la prolongada sequía de aquellos años. Enormes masas de desocupados marcharon hacia el norte, donde se había descubierto las bondades de un nuevo mineral, en territorios pertenecientes a Bolivia y Perú. Siguiendo a la masa proletaria se allegaron capitales nacionales y luego europeos que convirtieron la soledad de aquellos parajes en verdaderos pueblos y ciudades, bullentes de vida y comercio.

Fue tal la bonanza de aquellos departamentos que, Lima decidió nacionalizar su industria en Tarapacá, alentando a Bolivia a hacer lo mismo, para luego sugerir el arriendo por parte peruana de aquellos yacimientos de Atacama. Fue el germen de la Guerra del Pacífico. Tras peruanos y bolivianos estaba el interés de Argentina de poseer salida al mar por el Pacífico, tomando Patagonia y la propia Antofagasta.

En fin, para abril de 1879 Chile declaró la guerra al vulnerar Bolivia el Tratado de Límites de 1874. Perú unido a la gresca por un tratado militar defensivo secreto, entró en favor del Altiplano. Así, la mayoría de la población masculina de Chile se vio inmersa en la contienda, que si bien comenzó con ciertas preocupaciones, para diciembre de ese año ya se había conquistado Atacama y Tarapacá.

¿Qué fue de las mujeres de nuestra tierra? Junto a los regimientos se embarcaron en los puertos, disfrazadas con los uniformes de repuesto y los cubre-nucas de los quepís óptimos para soportar los rayos del sol. Otras, ya estaban en los territorios reivindicados o fueron expulsadas desde el Perú al inicio del conflicto.

Entre éstas últimas estaba María Quiteria Ramírez Reyes, hija de Adrián Ramírez y María Reyes. Con 25 años había llegado a trabajar a Iquique como empleada y lavandera en casa de un destacado médico de la ciudad. Con la declaración de guerra fue expulsada, llegó a Antofagasta y se enroló en el recién llegado 2° de Línea. Con ellos triunfó en Pisagua, Dolores y marchó hacia la quebrada de Tarapacá, una espantosa carnicería, ya que los 2.400 chilenos esperaban encontrar a 2.000 peruanos dispersos y derrotados y se encontraron con 5.000. El episodio dantesco de la casa en llamas con los heridos chilenos dentro y las cantineras Leonor Solar, Susana Montenegro y Rosa Ramírez, violadas y ejecutadas horriblemente por el enemigo al negarse a rendirse, fueron caldo de cultivo para venganzas posteriores.

María salvó ilesa y hecha prisionera. Condolido, el General Juan Buendía le entregó una mula, con la que hizo el duro viaje hasta las mazmorras de Arica. En el trayecto, cuidó a los “niños” Francisco Silva Basterrica del Zapadores y al Illapelino Hemenejildo Olivares Argandoña del 2° de Línea.

¿Cómo pudo salvarse María Quiteria? La noticia de la captura de una mujer chilena corrió por la división peruana. Las rabonas (mujeres que acompañaban a los soldados) querían golpearla, mientras la guardia hacía más difícil el cautiverio. En esos momentos aparece un oficial que pregunta por la mujer. Los chilenos la señalan, y éste avanza hacia ella- ¡¿María, tú aquí!? Ante la incredulidad de sus compatriotas, María abrazó a su viejo patrón que era oficial y médico del Ejército peruano.

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Siete meses estuvo presa en Arica. En el intertanto, se le permitió trabajar en casa de un comerciante abastecedor de carne del Ejército peruano. En esas actividades, lograba llevar alimentos a los cautivos, cuando el 7 de junio de 1880 los chilenos tomaron la ciudad en 55 minutos, a un alto costo en vidas. María “La Grande” como la apodaban se presentó ante los comandantes y fue readmitida en el ejército, con el grado de sargento, con el cual marchó a conquistar Lima. Dice el Coronel Del Canto en sus Memorias que María se dedicaba a dar aguardiente a los moribundos con su pequeño barrilito de cantinera, incluso dándole de su propia boca, cuando éstos ya no tenían fuerzas. En la batalla de Miraflores tomó un fusil y se fue en demanda del enemigo.

El 17 de enero de 1881 el ejército chileno entró por tercera vez en su historia a Lima y se creyó la guerra terminada. María Quiteria regresó en marzo de ese año a Chile, con los restos de su regimiento. En Santiago, fueron recibidos como héroes con apoteósicos actos cívicos y militares. Era la gloria para los rotos chilenos. Sin embargo, al cabo de unos meses, todo volvió a la normalidad y se empezaron a ver por las calles a los ex soldados y marineros – entre ellos muchos mutilados- pidiendo compensaciones.

Pero las experiencias de la guerra habían afectado a la brava illapelina. Una enfermedad al hígado y una fiebre terciana la tuvo casi al borde de la muerte. Escribió entonces una carta al Inspector General del Ejército, que, al parecer, no fue respondida.

Por investigaciones posteriores sabemos que en 1907 vivía en Taltal, formando familia con un soldado del “Chacabuco”, antiguo minero de Tamaya, en Ovalle. Luego se estableció en Andacollo donde trabajó como cocinera y lavandera, siendo querida por los vecinos y en especial de los veteranos del ’79. Finalmente, María Quiteria se estableció en Ovalle donde se le hizo una entrevista en 1928, falleciendo en 1929, cuando sumaba 79 años, una cifra curiosa que la unía a la Epopeya del Pacífico. Sus restos se encuentran en el Mausoleo a los Héroes del ´79 de Ovalle. Años después, su nombre se recuerda en una popular población de su tierra natal.

Finalmente, entre los cientos de legajos revisados para mi libro de 2015, surgió el nombre de otra mujer; Salomé Montenegro que aparece en 1885 recibiendo medallas en Illapel. Sería una cantinera del regimiento Coquimbo, aunque la investigación sigue abierta.

Que estas líneas sean un recuerdo para las heroínas de gestas inmortales, y que sirvan para seguir rescatando del olvido sus historias y protagonismo. Después de todo, sólo se conocen una veintena de ellas, cuando en cada unidad habían de dos a cuatro. Si el ejército movilizó más de 50 unidades, comprenderán que la tarea es ardua.

En recuerdo de su valor, entrega y coraje se ha presentado en el Congreso Nacional un proyecto de Ley para decretar el día 27 de noviembre, como el Día de la Cantinera, cuya embajada ha tomado la profesora de inglés Anita Olivares de Antofagasta. Hoy está esperando su revisión por el Senado.

Que así sea.

 

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